Cooperativismo siempre

Sí podemos

Sí podemos

No fue sino que comenzara la competencia para que, con su poderoso arranque, fijara una diferencia sustancial frente a las demás competidoras. “¡Oro!”, gritó Colombia entera en medio de la emoción, medio minuto después. La preparación desde niña, el arduo entrenamiento y, sobre todo, la convicción con que se le vio pedalear desde el principio pese a la presión de medios y ciudadanía que le exigían ser la mejor, la llevaron a lo más alto del podio.

Los Juegos Olímpicos concluyen hoy. Esa expresión humana que, aunque tildada por algunos de no ser más que un negocio, representa para otros el rango más alto y exigente de la condición deportiva. Han sido mágicos, sin duda: la inauguración repleta de símbolos mundiales provenientes del Reino Unido (como James Bond o Paul McCartney), las justas, que son un placer para el televidente, los récords mundiales como los del descomunal Michael Phelps o el excéntrico Usain Bolt, quedarán tatuados en la memoria.

Pero la participación de Colombia, histórica y elocuente, es algo para enmarcar. Porque no solamente fue el oro de Pajón, sino también cada medalla ganada a pulso, cada una recordada como una hazaña: no podremos olvidar a Catherine Ibargüen (salto triple), con su abrumadora personalidad, aplaudida en cada salto por todo el estadio, consiguiendo la plata; o a Óscar Figueroa (pesas) dando todo de sí, venciéndose una y otra vez, luchando a muerte para conseguir la medalla plateada en su último intento; o tal vez Carlos Mario Oquendo (bicicrós), quien se cayó en las pruebas previas en dos ocasiones, clasificando por un punto a la final, y en ella sobrepasando a dos competidores para quedarse con el bronce. Increíble. Todos los demás también: Yuri Alvear, abnegada, bronce en yudo. Óscar Muñoz, sufriendo por el arbitraje, bronce en taekwondo. Jackeline Rentería, después de un arduo trabajo sicológico, bronce en lucha. Y Rigoberto Urán, el comienzo del sueño, plata en ciclismo en ruta.

Esta es la mejor participación de Colombia en unos Juegos Olímpicos. Desde 1932 hasta hoy, durante las 18 actuaciones de los colombianos alrededor del mundo, nunca habíamos tenido tan buen resultado. Incluso contra todo pronóstico: el Comité Olímpico Colombiano presupuestaba a seis dentro del podio. Ocho se treparon en él. Sí se puede, entonces. En primer lugar hay que felicitar a nuestros deportistas, por aguerridos, por sobrevivir muchas veces a condiciones adversas.

Ellos crecieron en un país que históricamente ha dejado el deporte a un lado. Muchos tuvieron que sobrevivir entre la pobreza, teniendo el deporte como tabla de salvación. Pensemos, por ejemplo, en Óscar Figueroa, quien salió de Zaragoza a los nueve años, víctima de la violencia y del desplazamiento.

También hay que darle un aplauso al Comité Olímpico, que invirtió mucho esfuerzo para crear procesos desde la base. Que renovó un poco la cosa. Y al Gobierno Nacional, que puso una cuota de diez mil millones de pesos para las justas en Londres 2012.

Sólo tenemos una petición: que este triunfo olímpico nos sirva de lección para darnos cuenta de que Colombia tiene unos deportistas capaces y poderosos. Que no ha sido jugando ni con suerte, sino con esfuerzo, lo que han conseguido este año.

Ya llegó la hora de que el deporte tenga más protagonismo dentro de los intereses políticos del país. Este año el Comité y los deportistas dejan una gran enseñanza. El deporte, histórica y sistemáticamente ignorado, hoy nos da una alegría. Que sean más, entonces. Y eso sólo se logra con más procesos, con más presupuesto, con mejor alimentación para los deportistas, con fe y preparación. Una deuda grandísima tenemos y desde hoy puede empezar a pagarse.

Fuente: elespectador.com